Desde Argentina

La salida de la convertibilidad colocó a nuestro país como una plaza poco rentable para la cocaína de máxima pureza. El mercado de drogas ilegales que explotó durante los noventa se
acomodó al nuevo escenario y diseminó una sustancia barata y fatal. La pasta base modificó la forma del narcotráfico y sumió a miles de chicos en la peor de las pesadillas posibles.

Cuando la Argentina salió de la convertibilidad, muchas situaciones mutaron radicalmente. Nuestro país dejó de ser atractivo para los productos fabricados afuera y los insumos importados se volvieron casi una especie en extinción. El mercado de las drogas se acomodó ágilmente al nuevo escenario y hubo sustancias que prácticamente desaparecieron de los clásicos circuitos de consumo. La cocaína, que evidenció una explosión de ventas durante la década del noventa en todos los sectores sociales, se retrajo exponencialmente en las plazas de bajo poder adquisitivo y se ubicó sólo allí donde todavía hay capacidad de compra. Esto, que a priori podría parecer una buena noticia, trajo como consecuencia una reconversión del mercado, que suplantó con PBC ese consumo instalado en los barrios pobres que ya no accederían a la opulencia de la cocaína.
Todavía no se pueden establecer los costos y los beneficios del nuevo escenario. Pero, al menos en la provincia de Buenos Aires, se rastrean efectos dispares. Una buena noticia: el volumen total de consumo de drogas se redujo ostensiblemente en comparación con las cifras de la época del “uno a uno” (datos sobre los que se informa por separado). Hay una mala: el poder devastador de la PBC, diez a veinte veces más implacable que la cocaína, está haciendo estragos en los consumidores. La ecuación sería la siguiente: hay menos adictos pero sufren un daño mayor.

Las “cocinas” de pasta base se han multiplicado no sólo en las provincias del noreste y noroeste del país, sino también en las zonas urbanas de mayor concentración poblacional como la Capital Federal, el conurbano bonaerense, Rosario y Córdoba. Para amplios sectores de la población que han quedado marginados del sistema, el tráfico de drogas corresponde a una simple forma de supervivencia. A pesar de que la cocaína perdió rentabilidad en nuestro país y se volcó nuevamente a la exportación hacia el mercado europeo y norteamericano, Argentina no volvió a ser el “país de tránsito” que fue. El mercado cautivo, que se generó durante diez años de convertibilidad, hizo que ahora estemos en presencia de una verdadera socialización de la distribución de la PBC en los barrios populares, en la que están implicadas miles de personas. Porque hay que derribar un mito: no existe en la Argentina un solo cártel que controle el conjunto de las operaciones entre la transformación y la comercialización. Se ha producido una diáspora que segregó la venta de drogas a ínfimas partículas de comercialización. La narco-organización puede ser hoy una casilla en una villa miseria, donde una jefa de hogar hace la “receta” mientras sus hijos vigilan los pozos de maceración de la pasta para que no los descubra la policía.

La mayor parte del comercio de PBC destinada al mercado local es organizada por bandas que tienen sus bases logísticas en varias de las 145 villas de emergencia de los principales centros urbanos del país. Los consumidores recurren directamente allí para abastecerse. Los “jefes” del tráfico en las zonas marginales, a pesar de que la prensa los presenta como poderosos, no son más que los parientes pobres del tráfico en comparación con los comanditarios de las exportaciones al por mayor, vinculados a grandes capitales financieros. Sin embargo, las ganancias del trapicheo de PBC han estimulado considerablemente las actividades de bandas, permitiéndoles comprar armamento sofisticado y tecnología que les posibilita incursionar en delitos complejos como, por ejemplo, el secuestro de personas.

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